UN CUENTO DESESPERADO
Cuento ganador del Concurso Salesiano de relatos en el primer ciclo de la E.S.O.
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S.O.S. Un mensaje desesperado

            El pequeño D. B. Jones vivía en una ciénaga a las afueras de un pequeño pueblecito costero llamado Bloddford. La vida en Bloddford era tranquila, demasiado tranquila para el joven D. B. Jones, así que un día harto de la vida rutinaria de Bloddford decidió emprender un viaje. Sacó su vieja bicicleta y pedaleó sin rumbo dispuesto a vivir nuevas aventuras. Lo que no sabía D. B. Jones era que ese viaje que tanto ansiaba le conduciría a la más profunda desesperación. Al poco D. B. Jones llegó a una pequeña laguna y, tentado por la claridad de las aguas y el calor, aparcó su bicicleta. Antes de zambullirse se percató de que junto a su bicicleta había por lo menos una docena más de bicis cubiertas por el musgo. Allí no había nadie más, por lo que dedujo que estarían abandonadas. Así que, sin más dilación se tiró al agua. D. B. Jones sintió dos cosas, una la baja temperatura de las gélidas aguas, y otra una sensación de caída libre, como si se hubiese tirado por un acantilado. Cayó y cayó hasta chocar con lo que parecía el césped de un jardín. Pero,  ¿cómo podía haber césped debajo del agua? D. B, Jones levantó la cabeza, y para su sorpresa no encontró ninguna señal de agua, simplemente cielo, que bien podía ser la superficie del lago. Se sorprendió aún más al encontrar una veintena de casitas, preciosas casitas hechas con madera y pintadas de las más inusuales combinaciones de colores.

            Ignorando que a sus espaldas se encontraban los habitantes de las casas siguió paseando hasta que se giró y encontró a las más curiosas personas que había visto mirándole fijamente. D. B. Jones, sorprendido, intentó vocalizar algunas palabras, pero al abrir la boca, ésta se le llenó de agua. No entendió por qué, pues parecía que estaban al aire libre, se le había olvidado que estaba debajo del agua. Los lugareños le saludaron con la mano y él respondió haciendo el mismo gesto. Una vez le saludaron le guiaron hasta una casita parecida a las demás. Al fijarse en el buzón de la casita encontró su nombre en él. Le invitaron a entrar y él aceptó.            La casita, por dentro, no presentaba muchos muebles: una mesa, dos sillas, una cama y un pequeño aparador. Empezó a atardecer y D. B. Jones se quedó en aquella villa tan misteriosa con la intención de partir al amanecer.

            Al despertarse, D. B. Jones miró su reloj y para su tremenda sorpresa ya pasaban de las once de la mañana. D. B. Jones salió corriendo de la casa para partir cuanto antes. Pasaba por allí un joven y D. B. Jones le preguntó mediante signos cuál era el camino más corto para llegar a la ciudad. El joven negó con la cabeza y siguió su camino. D. B. Jones, aunque confuso comenzó a caminar, caminó hasta llegar a una pequeña verja que daba a un bosque. Sin dudarlo un instante la saltó. Tuvo que pararse en seco, pues debajo de sus pies se encontraba una enorme catarata, era tan alta que no podía ver su fin. Pero había algo extraño, ya que no había oído el ruido del agua. Se paró a pensar, desde su llegada a la villa no había oído ningún sonido.

            Pasaba del mediodía cuando el joven al que le había preguntado por la mañana se presentó en su casa. Sobre la mesa puso un bloc de apuntes y empezó a escribir las respuestas a las preguntas que D. B. Jones se hacía en su mente. Si de algo sirvieron las notas fue para desesperar aún más a D. B. Jones. El joven le contó, o mejor dicho, le escribió cómo había llegado hasta el pueblo, y D. B. Jones se sintió muy identificado con él.

            D.B. Jones había huido de Bloddford para escapar de la rutina y lo que se encontró al llegar al pueblo fue pura rutina. Todas las tardes, después de tomar el té, se iba a pasear en busca de alguna forma de salir, pero siempre encontraba la misma cascada. Pasó en el pueblo por lo menos dos semanas. Una tarde después de tomar el té, D. B. Jones se fue por una senda nueva y descubrió una cascada que parecía llevar menos agua. Ni siquiera se paró a pensarlo; se tiró. No fue tan doloroso, pues sólo notó un colchón. Estaba en su casita de la villa y D. B. Jones cayó profundamente dormido. Lo intentó por lo menos cinco veces más, pero con el mismo resultado. D. B. Jones, desesperado, escribió un mensaje de ayuda en una botella y la tiró hacia arriba esperando que apareciese en la superficie del lago y que alguien la leyera. Pero esa misma noche el chico que había conocido a su llegada apareció en su casa y le golpeó con la botella en la cabeza. D. B. Jones notó como cada vez era un poco más libre. Pero algo salió mal y notó frío, mucho frío, y empezó a toser. Enseguida oyó voces, y el sonido del agua. Por fin reaccionó, abrió los ojos y vio a sus vecinos de Bloddford sacándole del agua, de aquel agua a la que iban los impacientes que no sabían aguantar la rutina. D. B. Jones pensó que todo había sido alucinaciones causadas por la pérdida de conciencia. No obstante, mientras abandonaba la laguna ayudado por sus vecinos, giró la cabeza y vio perplejo como el musgo seguía cubriendo las bicicletas.

 Pablo Miguel Moreno Martínez, 2º ESO. Colegio Salesianos de Valencia.

 

 

            

           

 

 

 

 

 

 

 

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