Había una vez un mundo sin igual, donde todo cambiaba fuese lo que fuese. Ese extraño mundo se llamaba ni más ni menos que Unmundoalrevés y todo lo que pasaba allí era anormal. El Rey de Unmundoalrevés era un señor ni gordo ni flaco, ni alto ni bajo, ni guapo ni feo, sino que cada día se levantaba de una manera: un día era gordo y guapo y otro, flaco y feo…, pero lo importante es lo siguiente: cada año en Unmundoalrevés existía la tradición de invitar a un humano a visitar la ciudad y era obra del Rey elegir al humano afortunado que tendría derecho a infiltrarse en la ciudad y descubrir sus valiosos secretos.
Justo una noche de invierno (creo que de diciembre), cuando me fui a acostar, me sentí algo raro, inquieto, algo como cuando vas a subir en un avión o en una montaña rusa… Aunque no hice mucho caso de esa sensación, seguí pensando en ello mientras encendía la lámpara de noche y me arropaba con las mantas. Una vez dentro de la cama, sentí cómo los párpados me empezaban a pesar más y más hasta que sin querer, me dormí.
A la mañana siguiente me encontraba en un prado verde y junto a mí un ogro grandote con una maza en una mano y la otra mano alargada hacia mí. Yo grité de pánico y el ogro que no se esperaba esa acción, también gritó despavorido hasta esconderse detrás de un árbol del prado.
Yo, un poco mareado, le pregunté qué quería y dónde estaba y él, cuando se hubo tranquilizado, me dijo que yo era el elegido para ir a visitar su mundo, que él era mi guía y que me encontraba en Unmundoalrevés.
Me costó comprender lo que había oído porque no todos los días te invitan a visitar nuevos mundos, pero cuando lo superé me vi envuelto por una fuerza extraña. De repente me sentí como nunca y le dije al ogro que cuándo empezábamos con el recorrido y me indicó con su dedo un camino que llevaba a través del bosque; seguidamente, emprendimos la marcha. Al dejar atrás el bosque vimos una casa de muchísimos colores y el ogro me dijo que era la casa de la abuelita del lobo. Yo me extrañé y miré por la ventana. Lo que vi fue alucinante, porque, en vez de ver que el lobo se comía a la abuelita de Caperucita Roja, vi que... ¡Caperucita Roja se estaba comiendo a la abuelita del lobo! No me podía creer lo que acababa de ver pero el ogro me dijo que en su mundo pasaban cosas así continuamente y que no sería la última vez que yo vería una cosa así.
Seguimos caminando campo a través cuando de sopetón, un pie gigante se posó delante de mí. Yo seguí mirando hacia arriba para ver quién era el monstruo amo de esos pies tan grandes. Mi amigo y guía el ogro le saludó con el nombre de Purgarzote y a mí ese nombre me sonaba mucho. De pronto, me acordé del origen de ese nombre, pero, en diminutivo, Pulgarcito. Yo tenía entendido que él tenía hermanos y al no ver a ninguno sospeché. Entonces, justo en ese momento, oí a siete niños en miniatura y supuse que eran hermanos de Pulgarzote. Después de mis balbuceos a causa de la confusión porque Pulgarzote debería ser el niño en miniatura en vez de serlo sus hermanos, nos despedimos y seguimos nuestro rumbo.
Después de haber visitado lugares como el Castillo de la malvada Blancanieves o la casa de Daniel el Bueno en vez de Daniel el Travieso, llegamos al Castillo de Unmundoalrevés. Un castillo de cristal, de golosinas, de piedra… porque, dependiendo de cómo te levantaras ese día, veías el castillo de una manera; es decir, que si te levantabas de mal humor veías el castillo de fuego, por ejemplo.
Una vez dentro vi a un comité real en el cual estaban: dos hadas, dos trolls, dos brujas, dos duendes, dos sirenas y un ogro.
Mi amigo el ogro se fue de mi lado para dirigirse junto al otro ogro de la sala y entonces comprendí que todos esos seres de cuentos eran guías, y a cada humano que estaba invitado a entrar en Unmundoalrevés se le asignaba un guía según su personalidad y su carácter.
Corrí la mirada por toda la sala real hasta toparme con un señor gordo, altísimo, guapo y con las manos de un tamaño asombroso. Yo supuse que se trataba del Rey de Unmundoalrevés y por eso seguí sus indicaciones. Él me señaló y me dijo que me estaban esperando. De repente vinieron las dos hadas del comité y me acompañaron hacia una especie de baldosa brillante en la cual, según instrucciones del Rey, debía colocarme.
Yo miré a mi amigo el ogro buscando su apoyo y como respuesta me lanzó una mirada de “no temas que no va a pasar nada”, pero aún así, seguí sintiéndome nervioso. Un troll del comité real dio un paso hacia delante y seguidamente salió del suelo un interruptor rojo. Todos me despidieron y justamente cuando el troll iba a pulsar el interruptor, mi amigo el ogro lo detuvo y se dirigió hacia mí. Una vez estuvo delante de mí, se quitó su colgante y me lo dio, dijo que ese amuleto me daría suerte en mi mundo.
Entonces mi amigo hizo un gesto con la cabeza al troll indicándole que ya podía presionar el botón. Yo me temía lo peor porque no sabía lo que iba a suceder, y en menos de un nanosegundo, ya me precipitaba al vacío oscuro que tenía bajo de mí. Cada vez cogía más velocidad, y más, y más hasta que de pronto… No sentí nada, me levanté de la cama todo sudado y mareado, como si volviera de la guerra.
Primero pensé que había sido un sueño, pero cambié de opinión, cuando al bajar para desayunar, mi hermana comentó que le gustaba mi colgante. Yo me miré sobresaltado al espejo y al ver el colgante del ogro exclamé que toda mi aventura había sido real. Mi madre preguntó que de qué aventura hablaba y yo dije que de ninguna importante porque no quería que nadie se enterase de mi pequeño secreto, o al menos por ahora…
FIN.













